Escuela, escuela…

La escuela es vida. La vida es escuela.


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La peor de las decisiones

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“La vida es lo único que, efectivamente, poseemos. Se supone que debemos manejar bien sus riendas. Sin embargo ocurre que, con frecuencia, es ella la que tira fuertemente ajustando nuestra marcha a su antojo…”

Esto pensaba, quizá tentado de escribirlo en el primer rato libre del que dispusiera, cuando se percató de que ya transcurrían diez o doce minutos desde que guardaba cola ante la caja de aquella oficina bancaria, obligado a realizar aburridos pero inevitables trámites.

Entonces lo vio. No había reparado en aquel hombre, a pesar de que ambos llevaban allí tanto tiempo. Doce minutos como mínimo.

A medida que lo iba observando reflexionó, en paralelo, sobre la poca atención que prestaba a su entorno en demasiadas ocasiones. Sin duda era debido a que solía zambullirse a fondo en su mundo interior, aunque eso no le parecía suficiente justificación; de hecho lo consideraba uno más de sus defectos.

Ahora, al fijarse en él, descubrió unos cuantos aspectos que lo cautivaron. El principal, la ansiedad que desprendía aquel hombre, quien, siendo sólo un poco mayor que él mismo, aparentaba haber vivido mucho más tiempo y, si no fuera porque parece imposible, muchas más vidas.

Agarraba con su mano derecha un único documento, y con la izquierda el antebrazo que sujetaba el papel, como obligándolo a recogerse sobre el pecho, protegiendo algo valioso.

En el folio se apreciaba un membrete oficial y unas escasas líneas seguidas de fecha, sello y firma. Cualquiera podía verlo, ya que cada cierto tiempo lo desdoblaba, lo releía cómo asegurándose de su contenido y volvía su mirada alternativamente al mostrador y a la cajera, con los ojos muy fijos, más abiertos de lo normal, en estado de alerta. Aún le quedaba por delante una persona, además de la que en este momento se encontraba en caja.

A estas alturas, nuestro observador ya no podía fijar la atención en otra circunstancia que no fuera ésta. Y, por añadidura, se iba percatando de algunos detalles que le invitaban a fabular, como siempre le ocurría. En primer lugar reparó en el calzado: aquellas sandalias, que disimulaban bien su condición, revelaban sus secretos solamente con un pequeño cambio de apoyo en el pie; su desgaste se había convertido ya en rotura hacía semanas. Y sus pantalones, totalmente inadecuados para la estación veraniega, denotaban igualmente que, ni eran de su talla, ni resistirían ya muchos más lavados.

En esos pensamientos encaminados a condicionar al personaje estaba cuando vio que al fin le llegaba el turno a aquel hombre. No podía oír con claridad toda la conversación, pero tras unas pocas palabras y atendiendo a las actitudes que pudo apreciar (la casi maternal de la exquisita mujer que atendía en caja y la confundida, educadísima y casi derrotada del hombre), sólo pudo murmurar para sí algo sobre la mierda de sociedad que estamos creando…

“Sí. Es todo” “… menos que el mes pasado” “fue a la oficina…?” “¿lo puedo sacar?” “…todo, por favor”

Aquel hombre educado, prudente y visiblemente triste cogió unos pocos billetes apretados en un sobre, juntó un puñado de monedas para meterlas en su bolsillo y, tras dar las gracias tan sincera y cordialmente como si aquella mujer le hubiera dado lo que merecía (y sabemos que no fue así), salió de la oficina con la misma expresión de ansiedad que portaba desde el principio de esta pequeña historia.

Nuestro otro hombre aún no era capaz de asimilar del todo lo que había observado, de modo que siguió con la mirada el caminar decidido de su compañero de cola mientras daba un paso acercándose a la caja. Le vio a través del gran ventanal cruzar la calle, dudar en qué sentido caminar, iniciando una marcha hacia la derecha para luego girar bruscamente hacia la izquierda y en un súbito movimiento entrar con gran decisión… ¡en una frutería!

“¡Señor, su turno!” Su mente se quedó en blanco por un instante. Todo aquello le parecía irreal. Recuperó la cordura al instante y se puso a despachar sus asuntos tratando de concentrarse en ellos. Lo hizo, quizá más rápido de lo habitual, pues algo le perturbada y necesitaba saber de qué se trataba.

Lo supo de inmediato. En cuanto puso el pie en la acera y se topó de bruces con la frutería. Aún llevaba en la mano parte del dinero que utilizó para hacer un pago en el banco, de modo que se quedó con un billete de veinte y guardó la calderilla. Sabía exactamente lo que quería hacer. Cruzó agitado la calle, tratando de pensar qué decir, entró en la tienda y… no había nadie.

Salió de nuevo, dejando en ascuas al dependiente, y caminó con rapidez en un sentido y en otro. En otro y en uno. Ya no estaba. La sensación de irrealidad que ya había experimentado aquella mañana se hizo intensa e irritante.

Maldijo su indecisión. Debía haber salido en el momento mismo que lo pensó por vez primera. Protestó ante sí mismo por no haber tomado antes la decisión. Y reflexionó, como últimamente siempre hace, sobre el mero hecho de decidir.

Se prometió a sí mismo ser más directo. Asumir con descaro sus propios principios. Actuar. Porque no hay peor decisión que la de no tomar partido.

 

 


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Vintage

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Cada mes tiene lo suyo. Y julio ofrecía tantas oportunidades que era uno de sus favoritos. No sólo por lo que aportaba liberando tensiones del trabajo, sino también porque albergaba en su cajón del tiempo pequeños compartimentos totalmente libres de obligaciones, dispuestos a ser ocupados con cualquiera sabe qué ocurrencia…

Era un tipo aparentemente tranquilo, aunque si algo le hacía vibrar por dentro su estado anímico podía cambiar súbitamente, para bien o para mal. Lo consideraba uno de sus defectos. Porque no sabía que esa condición sensible era precisamente la que, en el fondo, le confería el respeto y la admiración de muchos de sus compañeros de trabajo. Y también de sus seres queridos, los pocos que realmente podían acceder de verdad a él. Y es que, aunque más bien se sentía incomprendido o ignorado, en los momentos en los que actuaba espoleado por algo que le apasionara su figura resultaba carismática y se convertía en un personaje importante sin saberlo apenas. Contagiaba entusiasmo.

Le gustaba aprender de todo, pero no pretendía especializarse en nada; y, desde hacía unos pocos años (precisamente desde un mes de julio memorable que le vino a la mente mientras observaba atento a las personas que pasaban a su lado en el autobús), aprendía poco a poco  a disfrutar la vida con esos aprendizajes y experiencias: sobre temas artísticos, científicos, históricos, lingüísticos…

En eso precisamente se encontraba por el momento, en el laberinto de las palabras… Uno de sus múltiples intereses actuales pasaba por la relación de dominio entre las personas, y en cómo el uso del lenguaje permite a unos dominar sobre los otros. Es un tema que incluso cuela en las clases con su grupito de niños, para que ellos mismos observen cómo una fea palabra se puede camuflar con otra más bonita aunque el significado sea el mismo. Es bueno en eso, ya que comprende que lo de menos es aprender el término eufemismo, y lo relevante, llegar a valorar para qué se usa y en qué casos es razonable o ético y en cuáles constituye un mero engaño.

Sin embargo, allí, agarrado a la barra del autobús, seguía tratando de escuchar y almacenar un significativo número de palabras engañosas con las que elaborar un listado de ejemplos claros de manipulación. Aunque estaba aprendiendo a disfrutar de cada momento y se negaba a dejarse empujar por las prisas, no pudo resistirse al impulso de sacar su móvil del bolsillo del pantalón para anotar alguna al vuelo… de entre los fragmentos de conversaciones en el interior del urbano, carteles publicitarios que pasaban fugaces ante sus ojos, retazos del programa de radio que servía de banda sonora al trayecto…  No obstante, lo pensó mejor y decidió hacerlo después; entre otras cosas, porque el traqueteo del bus no facilitaba las cosas. Pasó, entonces, a intentar elaborar un pequeño discurso que luego recordaría para escribir con calma.

Política. “Qué manía con utilizar este hermoso concepto sustituyendo al término partidista… Una decisión política es algo bueno por definición, es un pensamiento que busca como finalidad alguna repercusión positiva para la comunidad; pero si esa decisión se toma para favorecer a unas opciones en detrimento de otras entonces se tratará de una decisión partidista, ¿no? Un claro ejemplo de los tantos que se pueden leer en prensa o escuchar a alguno de los representantes de esa nueva rama profesional que llaman tertulianos”.

Innovación. “¿Acaso todo lo que rompe de algún modo los moldes de lo habitual es innovador? Porque está claro que se toma por equivalente… Desde luego, en educación no es así. Ni de lejos. ¡Ay, si mi maestro Célestin pudiera contemplar el panorama! Se sentiría el más moderno e innovador de los maestros, con más de ciento veinte años a sus espaldas. Incluso podría sentirse el perpetuo innovador, con pleno derecho”.

Deporte. “No son muchas las personas capaces de comprender el significado de deporte aislándolo de todo lo que adjunta: negocio, seguidismo ciego, enfrentamiento, papanatismo…”

Retro. “La moda es un estupendo negocio, desde luego. Pero qué necesidad tiene de fabricar conceptos que ya existen… Lo clásico, lo que siempre está de moda, ya existía. Ahora se hace necesario encontrar un término para nombrar lo que en un momento determinado estuvo de moda, es lo retro…”

Paró en seco. Su mente le obligó a girar el argumento hacia otro terreno… ¿Podría considerarse que un hipster es retro? En cierto modo se trata de imitar una moda de anteriores décadas. Un par de barbudos chicos con gafas de pasta negra que acababan de bajarse a la acera parecían darle por entero la razón, adoptando poses de simulado interés en su aparentemente reflexivo diálogo.

Una leve sonrisa, apenas perceptible, comenzaba a asomar por las comisuras de sus labios. No era nada frecuente, ya que su gesto solía ser más bien serio, cuando no amenazante, sin duda como reflejo defensivo propio de su personalidad. Sin embargo, sonreír le sentaba estupendamente a su rostro, quizá porque se acomodaba mucho mejor a lo que albergaba en su interior. El caso es que muchas veces había pensado cuánto de pose había también en su profesión, por lo que a los compañeros que ya consideraba obsoletos en su método, habría que considerar también los retro… aquellos que trataban de parecer modernos a fuerza de imitar modelos anteriores pero con toques actuales, como el uso de tecnologías.

Luchaba por tener siempre claros sus objetivos y firmes sus principios. Ahora que cuidaba mejor el lenguaje, estaba convencido de que si hubiera que calificarle a él de algún modo, debería ser con otra de esas palabras de moda, una que le gustaba más, sin duda. Preferiría ser como los buenos maestros de antaño, pero no sólo en la apariencia, sino también, y sobre todo, en el fondo.

“Que me digan vintage”, se oyó decir en un divertido susurro… Definitivamente, julio era el mejor de los meses.