Escuela, escuela…

La escuela es vida. La vida es escuela.


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Normal

Caminaba por la acera con su habitual ensimismamiento, dejando revolotear sus ideas y viendo sin mirar entre la gente.

Un fragmento de conversación le hizo regresar súbitamente al mundo físico al que pertenecía…

-… y ya está, hombre! ¡No se puede tener todo! ¡Que se deje de pamplinas y lleve una vida normal!

Lo primero que Jean sintió fue aversión hacia aquel hombre que, indignado, hacía el comentario a otro de su misma edad, mientras dos mujeres que les acompañaban parecían asentir con la expresión de sus caras. Lo segundo, cercanía y respeto por alguien a quien en absoluto conocía, pero a quien le adjudicaba, así, sin más, valentía e inteligencia.

Jean era muy dado a fabular historias; él mismo era consciente de ello. Lo fue en aquel mismo instante, nada más percatarse de que, sin ton ni son, acababa de fabricar unos personajes y toda su circunstancia vital.

De inmediato estaba seguro de que un chico -no hay modo de saber por qué no una chica- trataba de encauzar su vida de una manera que disgustaba a sus mayores. Y éstos parecían ya hartos de “consentir” sus ocurrencias, de modo que el límite de su paciencia estaba próximo…

La simpatía por el personaje rebelde crecía cuanto más pensaba en ello.

Porque a Jean siempre le habían caído bien las personas diferentes. Los outsiders. Los rebeldes. Los raros. Había tantos nombres para ellas…

Muchas veces había considerado ideas al respecto: son esas personas las que hacen evolucionar las sociedades, el mundo del arte está lleno de ellas, cuánta riqueza hay en el mestizaje, cuánto mejoraría el sistema educativo con mayor variedad de pensamiento, por qué hay aún tanto miedo a la diversidad (en sexo, religión e ideología)… Cada una de ellas le daba para escribir montones de folios (cuando tenía tiempo para detenerse en ello).

En sentido contrario, era creciente su aversión hacia las personas intransigentes y, aún más, hacia el statu quo, el gremialismo o las posturas conservadoras. Actitudes que, en su opinión, mantenían indefectiblemente quienes poseían una situación acomodada.

Pensaba que diariamente se asumía de manera colectiva y sibilinamente una situación tendente a uniformar, a mantener una sociedad homogénea, sin disparidades que la pudieran poner “en peligro”. Él había sufrido para aprenderlo. Su vida transcurrió con total normalidad hasta que decidió vivirla a fondo. Y no fue fácil. Aún pagaba precio por ello.

El lenguaje cotidiano reflejaba esta manera uniforme de contemplar la vida en múltiples situaciones: la palabra clave era normal. Normalizar la situación, programación normalizada, relaciones normales, una vida normal… Incluso la facultad de Magisterio se conocía popularmente como “la normal”…

Sin embargo, era curioso notar cómo, por otra parte, e incluso para los intransigentes, aumentaba el culto al mito. En los medios de comunicación se levantaban a diario altares para todo tipo de ídolos, en el deporte y la política especialmente. ¿Acaso no era esto una incongruencia para quienes se mostraban intolerantes con el diferente?

¿O es que realmente deseaban en secreto ser ellos los diferentes para que el resto, normales, les rindiesen admiración?

¡Cuánta hipocresía!

Jean tenía pocas cosas claras, aunque reflexionaba mucho -quizá porque reflexionaba mucho-, pero una de ellas era que en su misión como maestro figuraba poner en valor precisamente aquello que hacía diferente a cada niño, a cada niña. Porque en eso estaba precisamente la esencia de su individualidad. Y porque aquello era lo que podía aportar de manera especial y única a su entorno, a su vida en común. Jean creía más en la humanidad que en las ideologías; más que de derechas o de izquierdas le gustaba hablar de personas que sólo piensan en sí mismas o de quienes piensan también en los demás…

Diversidad. Lo demás, pamplinas…

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A callar la boquita…

– ¿Y te vas a quedar así? … ¿No vas a decir nada? ¿Jean?

El maestro se quedó sin palabras. Por una vez no tuvo otro recurso que callar. No porque no pudiera decir algo, sino porque decirlo, fuera lo que fuese, no serviría de nada. Probablemente sólo empeoraría las cosas.

– Saber cuando estar en silencio es una cualidad poco valorada – y se sentó tranquilamente. Aunque, en mi caso, no tiene mérito porque lo estaré por obligación: tienes razón, así que no tengo nada que rebatir.

Elisa no daba crédito. Era la primera vez que en sus discusiones, o charlas, como les gustaba decir, se daba por zanjada la cuestión y él no sacaba algún nuevo argumento con el que proseguir la diatriba. Se diría que se daba por rendido.

Hacía algunos años que Jean hablaba de cambiar de trabajo. En realidad, de cambiar de centro de trabajo (aunque en alguna ocasión también se permitía girar la conversación para hacer notar las bondades de ser un buen cartero, enfermero, bibliotecario o, incluso, administrativo de los que atienden en ventanilla). Se le notaba que, aún siendo un buen maestro, apreciado por niños, familias y compañeros, no parecía sentirse feliz. Al menos, no como años atrás… Ahora llegaba ya el momento, tal y como exponía a su compañera, de dar un paso y, de no cambiar de trabajo en sí, al memos iniciar una nueva experiencia en otro colegio:

– Como te lo digo, Elisa. Me voy.

– Pero vamos a ver… ¿Dónde vas a estar mejor que aquí? -dijo ella posando la taza de infusión sobre el platillo y ayudándose de los gestos de sus manos para el razonamiento posterior. Tienes mano con estos críos, las familias te valoran… Es un cole sin grandes conflictos… Mira, igual te mueves y das en un lugar en el que, al final, ¡te arrepientes de llegar! – terminó Elisa reclinándose y manteniéndole la mirada.

– Es posible -Jean hablaba girando lentamente su café solo-, pero míralo de otro modo… Llevo tanto tiempo aquí que creo que me repito. Trato de cambiar actividades, metodología, temas, músicas… y, aún así, me parece hacer siempre lo mismo… Aún peor: -y detuvo sus manos para elevarlas horizontalmente una a cada lado de la taza- me parece vivir dos realidades paralelas, una aquí y otra, mucho más motivadora, en mi propia mente, con otros niños, en otra escuela y, sobre todo, con otro ritmo. Un ritmo acompasado a mis intereses, a mi vida. ¡Un biorritmo! -dijo finalmente soltando una de aquellas carcajadas que resultaban contagiosas.

– Ya estás con tus bromas -sonrió ella. Las echaré de menos si te vas, después de todo.

– No sé, Elisa. Creo que lo voy necesitando de verdad.

– Lo que yo no sé es la auténtica razón, Jean.

– Pues no será porque no te esté dando la coña con esto des…

– Sí, sí -le interrumpió-, lo del ritmo y todo eso… A ver. Si yo sí que entiendo que tantos años en un mismo centro pueden resultar demasiado para cualquiera. Pero a fin de cuentas el trabajo va a ser el mismo. No te vas a un CPR, ni a la Consejería. Vas a asumir un grupito de niños, vas a enseñarles y aprender con ellos… En fin, más de lo mismo, ¿no?

– Mujer… sí. Pero empezaré desde cero. Con otras iniciativas, distinto entorno, otras…

– ¡Ahh! ¡Quieto ahí! – dijo Elisa con una súbita emoción en la voz. Creo que lo voy pillando…

– ¡Joder, Elisa! ¡Vaya susto!

– Tú quieres hacer borrón y cuenta nueva. ¡Pretendes, vaya! Porque hacer, hacer, eso no se puede hacer…

– No te sigo.

– Me extraña -dijo entornando sus ojillos, y dándole, de paso, aquella sutileza a su mirada que a él tanto le gustaba.

– Bueno, está claro que me apetece empezar de nuevo, ¿no?

– Ya. Yo no digo eso. Hablo de esa excesiva costumbre tuya de dudar de tu trabajo. Que, oye, está bien, ¿eh? Todos deberíamos plantearnos lo que hacemos. Pero lo tuyo es un poco exagerado. Ya lo comentamos más veces.

– Sí. Pero no sé a donde quieres ir a parar…

– ¡Lo que tú quieres es algo así como vivir otra vida!

Jean abrió los ojos más de lo normal. Iba a empezar a hablar, pero tardó en articular palabra y Elisa aprovechó circunstancia para continuar:

– Mira, compi. Tú lo quieres todo – Elisa hablaba conscientemente de un modo más lento de lo normal. Quieres “empezar” – y aquí las comillas que dibujó en el aire hicieron sonreír a Jean- en un lugar nuevo, pero con toda tu experiencia acumulada. Partir de cero, sin ser cero en realidad, y tener cancha para una experiencia nueva, sin lastre ni recuerdos que te condicionen… Quieres dar un salto – Elisa colocaba ahora sus manos en horizontal, como él había hecho antes- de una realidad a otra, sin riesgos pero acumulando todo lo bueno de la anterior y dejando lo malo atrás.

Jean no dijo nada.

– Pues eso no se puede. Ya te lo digo. En la vida no hay borrón y cuenta nueva -siguió ella sin pausas. Recuerdo tu novela favorita. ¿Y tú? -Jean frunció los labios en un amago de sonrisa y cabeceó levemente en una sincera afirmación. Todos dejamos una mancha en quienes nos rodean en la vida, unas veces más grande y otras más pequeña. Esas manchas humanas forman parte de nosotros, al igual que las nuestras lo hacen de los demás. No desaparecen. Están ahí y ahí continuarán, para bien y para mal -terminaba Elisa. Así que… no pienses que vas a poder empezar realmente desde cero. Te llevarás contigo las experiencias buenas y también las malas. Las relaciones gratificantes y también las tóxicas. Tus fallos y tus aciertos. Si aún te compensa, ¡adelante! Pero no fabules. Eso no es propio de ti. Creo…

Jean había escuchado como nunca. Se dio cuenta de que cualquier argumento suyo estropearía la charla. Hablaba de partir de cero porque en el fondo es lo que más deseaba; efectivamente, dudaba de sí mismo (y de su propio trabajo) y, aunque no renunciaba a su pasado y presente, buscaba aire fresco a bocanadas. Pero, por otra parte, no podía rebatir lo que Elisa le hacía ver con claridad. Así que…

– A callar la boquita.


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Culpa

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Jean, el maestro, no conseguía apartar de su memoria la mirada incrédula y aterrada de Josefa.

Hacia horas ya que la había contemplado conmovido en una de las entradas de Twitter que seguía diariamente. Y, aunque hizo el esfuerzo de seguir leyendo otras de todo tipo -historicistas, ingeniosas, curiosas, estimulantes…- los ojos que se negaban a creer lo que parecían continuar viendo no se iban de su cabeza.

Un ser humano que se atreve a poner en juego su vida para mejorarla -para tener vida, en realidad- y que experimenta cómo una madre y su hijo, compañeros de viaje, pierden la suya a su lado porqie unos guardias costeros destruyen su bote, queda medio a flote durante horas… Sus ojos expresan horror y lamento, desesperación y asombro, incredulidad y asentimiento.

Aunque la mente de nuestro maestro es un continuo bullir de ideas, dos aspectos peleaban por conseguir su máxima atención: la maldad y la causa de la deshumanización.

Jean está harto de que ante cualquier situación cotidiana que suponga un conflicto se busque indefectiblemente alguien culpable. Como si al encontrar quién tiene más responsabilidad ante el hecho, éste ya se atenuara o adquiriera menor gravedad. Lo experimentaba a menudo en su trabajo con los niños, cuando algún profe parecía resolver sus pequeñas disputas encontrando al culpable; lo experimentó en sus relaciones de pareja cuando faltaba la buena comunicación y, en otras ocasiones, cuando, padeciendo de su habitual exceso de empatía, él mismo se sentía culpable por no llegar a facilitar lo suficiente la vida a su compañera o ella se adjudicaba la culpa de tal o cual suceso, normalmente intrascendente aunque en el momento no lo pareciera. Mierda de culpa, solía decir. Pecado, culpa, perdón… Inventos religiosos que solamente son instrumentos de opresión y dominio. Instrumentos que han calado tanto que se inmiscuyen en todos los aspectos de la vida si no reflexionas. La vida es complicada porque la vivimos juntos; surgen desavenencias, disgustos, contrariedades, dicusiones… porque no siempre vemos la vida del mismo modo. Y ya está. ¿Por qué ha de haber culpable? Simplemente hemos de entender el por qué de lo que sucede, conversando abierta y directamente sobre ello. Simplemente hace falta comunicación. Y empatía, en un grado normal.

Jean piensa así, aunque esto no le haya ayudado mucho a lo largo de su vida.

Ahora es consciente de que, aún manteniéndose en sus certidumbres, la culpa es necesaria en ocasiones diferentes. Lo es cuando hay necesidad de sancionar, cuando el hecho en cuestión es de tal naturaleza que el resto de la humanidad lo debe contemplar y debe aprender de las decisiones que se tomen a partir de lo ocurrido. Y éste es un caso flagrante. Hay personas culpables con claridad. Personas que no deben seguir su vida como si no hubieran actuado de forma inhumana.

Los maravillosos seres humanos que rescatan a Josefa dan un segundo paso y denuncian ante la justicia los hechos: personas atentando contra la vida de otras personas.

A Jean no le gusta manejar el concepto en su vida personal. Lo odia. Pero hoy es diferente. Hoy sí que hay culpa. Y habrá de dar los pasos necesarios para que alguien la pague.

Ojalá pudiera enseñar a sus niños en qué situaciones la culpa es un estorbo y en cuáles, una necesidad.