Escuela, escuela…

La escuela es vida. La vida es escuela.

Sobreinformación, competencias y libros de texto (sexo, mentiras y cintas de vídeo)…

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La búsqueda de información, sea para un trabajo, sea por entretenimiento, empieza siempre con un cierto grado de estimulación. A esa sugerente emoción primera pueden seguirle diversas sensaciones, generalmente aumentando en grados de intensidad según avanza la aventura: emoción, curiosidad, inquietud, felicidad, ansiedad…

Dependiendo del carácter, pero también del acierto a la hora de escoger (“filtrar”) contenidos, esas sensaciones serán unas u otras. O, en el peor de los casos, serán todas ellas.

Tengo para mí que en ningún caso podemos contradecir la idea de que efectivamente estamos expuestos a una sobrecarga informativa, aunque siempre lo habíamos estado… Hoy por hoy es más patente debido al uso de las TIC, claro, y hablamos insistentemente de ello porque los docentes lo relacionamos inevitablemente con nuestro trabajo y, con mayor inquietud, con nuestros niños y niñas.

Ahí entra en juego la toma en serio del asunto. ¿Cómo conseguir que el aprendizaje de los niños sea más abierto que el nuestro sin azotarlos al interior del bosque que es Internet y que se las apañen como puedan? Pues como siempre, digo yo.

Antes, a la hora de afrontar un pequeño trabajo de investigación se les facilitaba alguna fuente: el libro de texto, la Enciclopedia de la biblioteca escolar, otros libros seleccionados previamente, algún vídeo educativo… El filtro ya existía y lo proporcionaba básicamente el maestro-a. Es verdad que el caudal de información no era demasiado grande (para aumentarlo algunos y algunas se traían información de otros libros “de casa”, revistas, etc).

Pues bien, ahora ocurre exactamente lo mismo. La diferencia es que tienen tantos recursos a su libre disposición que les resulta fácil perderse, angustiarse y terminar insatisfechos. Gestionar esa información es una tarea ardua que precisa unas condiciones necesarias, a saber: capacidad y que alguien les “guíe”, como antes.

La misión principal de los maestros ha cambiado (aunque demasiados aún no se hayan dado cuenta). Seguimos siendo la referencia para el aprendizaje de los niños y niñas, pero ya no somos la fuente de la información. O no deberíamos serlo.

Pero esto no es así porque haya llegado la hora de las competencias, no. Esa es una gran mentira (dejémoslo en engaño). Las competencias son algo que nosotros venimos teniendo en cuenta desde hace muuuucho, sólo que no las llamábamos así, las llamábamos capacidades, y, antes aún, contenidos actitudinales. Es más, organizábamos nuestra tarea formulando objetivos como “Al término de la unidad será capaz de…”.

Todo está inventado ya, amigos. Lo que ocurre es que, de vez en cuando, nos tratan de cambiar los esquemas, el paradigma o el sistema con algún fin, que para esto hay muchos expertos (hablar de esta finalidad nos llevaría a terrenos poco amables, así que convengo que es mejor no profundizar).

No me malinterpretéis (que puede ocurrir, porque no quiero extenderme demasiado y quizá me dejo ideas que ayudarían a comprender mejor lo que argumento). Estoy encantado con las TIC y con la vuelta que a nuestro sistema educativo debería provocar su uso sistemático. Es más, cada día me convenzo más de que probablemente estas herramientas serán la única “excusa” que nos permita, por fin, acercarnos a los modelos educativos anglosajones y nórdicos: el trabajo en equipo, la realización de proyectos, la investigación desde la experiencia cercana… Ojalá sea así. Y en ese caso, ojalá le podamos dar un “toque” español al método; significaría mucho en términos de creatividad.

Si el hecho de trabajar desde la óptica de competencias, gracias a las TIC, nos ayuda en esta revolución, ¡bienvenido sea!

José Antonio Marina  opinó hace ya cinco años acerca de la relevancia del uso de los ordenadores en el aprendizaje. Estima que son muy útiles para su primera fase, la de comprender, gracias a que estimula la motivación. Pero nada para la segunda, la de aprehender, la de hacer tuyo el conocimiento comprendido.

No estoy muy de acuerdo en la segunda parte, ya que hay multitud de herramientas que permiten adaptar el nuevo conocimiento a los ya asimilados, relacionarlo, construir a partir de él, exponer al resto del grupo lo aprendido (para esto último pocas actividades son más eficaces que realizar presentaciones y explicarlas). Tanto para este momento como para el primero (comprensión), las TIC son unas herramientas que, de no existir, habría que inventarlas. Traen al aprendizaje la motivación, la curiosidad; la fascinación, incluso. Así que sí, las TIC nos ayudan  en gran manera a mejorar el proceso de enseñanza y aprendizaje.

Sin embargo, desde el punto de vista de la escuela, no son más que el “refinamiento” de otras herramientas que ya se utilizaban con gran éxito. Casettes, diapositivas, cintas de vídeo… eran los recursos antiguos que provocaban similares emociones y ganas de conocer. Porque eran una escapatoria magnífica de los libros de texto, que reducían tanto el abanico de conocimiento.

No venimos de la nada. Hay toda una historia anterior de la que podemos aprender. Si en nuestro recuerdo de la etapa de la enseñanza obligatoria hay buenos momentos, seguramente no corresponderán a actividades relacionadas con los libros de texto; más bien tendrán que ver con algún proyecto en grupo o con actividades realizadas utilizando herramientas diferentes. Seguramente recordaremos incluso lo que habíamos aprendido ¿Tienes algún ejemplo?

Vale, por supuesto que la potencia de las TIC es enormemente mayor. Y, lo que es más importante, están permanentemente a su alcance. Es como si cada alumno-a de los ochenta dispusiese de su propio proyector de diapositivas, pongamos por caso…

Queremos que el aprendizaje de nuestros niños y niñas sea significativo, placentero y duradero. Les orientamos en la búsqueda que deben iniciar con las TIC una y otra vez, y, para ello, somos sus guías. Dentro del bosque al que aludía, es bueno señalizarles algún camino. Al fin y al cabo, comparto con Clay Shirky  y con Umberto Eco la idea de que lo importante es saber filtrar la información (aunque en el caso de Eco, no sé si se acerca demasiado peligrosamente a algún tipo de limitación de acceso).

¿Cómo hacerlo? Yo soy partidario de tres opciones principales: la webquest, las búsquedas con operadores y los libros. De las dos primeras no ampliaré nada, aunque sí de la tercera.

Sé que los libros de texto tienen mala imagen (estuvo  muy interesante el debate de estos días atrás en el chat); yo, de hecho no los uso en alguna asignatura, aunque sí en otras. Y, sin embargo, sigo creyendo que el libro es un gran invento. Hay que decirlo así, llanamente. No vaya a ser que, por ponernos tan modernos, echemos por tierra recursos valiosos.

Que el libro tiene ya mucho filtro de contenidos. Sí. Pero no nos cerremos al libro, ni siquiera a un solo libro. Ahora tenemos acceso a muchos, y a muchas visiones diferentes. Quizá la suma TIC más libros sea una buena opción.

Aunque Genís Roca nos habla de que nuestros niños ya van a vivir la cuarta, y no última, generación de Internet (la “Internet de las cosas”), y por ello nos parezca que no necesitan de otras herramientas antiguas, yo quiero reivindicar también, como Albert Sangrá , el “elogio de la desconexión”, la realidad más tranquila del contacto personal con otras personas. Relación directa y también a través de las lecturas, que no son sino los pensamientos y sentimientos de otros y otras.

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Autor: javramiro

Tutor en tercer ciclo de Primaria. Convencido de la necesidad de cambiar la metodología en la escuela... y mantener nuestra ilusión de maestros-as. Y sabedor de que todo lo que acontece en la escuela es vida, a la vez de que la vida es, como dicen los antiguos, la mejor escuela... En el blog escribo sobre la escuela y sobre la vida. ¿Acaso son cosas distintas?

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