Escuela, escuela…

La escuela es vida. La vida es escuela.

Cuento. Parte I.

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La caja de colores

Ella era realmente buena en su trabajo. Aunque, tan enfrascada siempre, procurando que todo fuera bien, no era consciente de ello. Más bien se quedaba con una sensación agridulce al final de la jornada porque, como era muy exigente consigo misma, lo que quedaba en su memoria reciente era el conjunto de acciones que podrían haber mejorado el resultado final si hubiera hecho de ese modo o de aquel otro…

El trabajo artístico es así. Y ella lo sabía. En aquella empresa de dibujo no se permitía modificar las ilustraciones sobre la marcha. Todo requería de una minuciosa planificación: escoger bien el motivo, buscar el encuadre, seleccionar los colores y, a renglón seguido, iniciar el proceso de dibujo y coloreado para darle término en el tiempo establecido, sin dar lugar al retoque.

Aunque en la empresa cada ilustrador estaba a lo suyo, todos se observaban sin decirlo, y en silencio. Menos nuestra ilustradora, que, como ya hemos dicho, no prestaba atención más que a su propio cometido. La comparación y la competitividad estaban en el aire, por más que parecía reinar la cordialidad y la armonía. Y ella era, sin duda, la más observada. Sus ilustraciones eran diferentes, sus ideas, e incluso su manera de ejecutar los trazos y los rellenos, no se parecían a las de los demás. Y eso era algo que les tenía totalmente desconcertados, ya que usaba la misma caja de colores que todos, la que proporcionaba la empresa, la de las gamas corporativas. Porque “esta empresa tiene una imagen propia, y es una imagen que hay que preservar…”, tal y como siempre recalcaban los jefes.

– Debemos estar orgullosos de nuestro trabajo. Hemos creado un método eficaz y los resultados son mejores que la media. En calidad y en ventas, por supuesto. Somos una pequeña empresa, sí, pero una pequeña gran empresa.

Y lo decían siempre en la fiesta anual, delante de sus despachos, en los que resaltaban, como principales ornamentos, sus mejores ilustraciones, las que más les gustaban de su época de dibujantes. Porque ellos, en su día, también lo fueron, y les gustaba que lo recordaran bien.

Todo transcurría con normalidad hasta que un buen día un compañero reparó en que del cajón de la ilustradora de nuestro cuento asomaba una caja de colores muy llamativa… Desde luego, no era la caja gris de la empresa, eso estaba claro. Y, por supuesto, lo contó a sus más cercanos colegas. En seguida el conjunto de trabajadores pretendió entender la causa de aquellos magníficos trabajos. ¡Seguro que usaba gamas diferentes!

Al contrario de lo que pudiera parecer, nadie dio pasos para perjudicarla. Se limitaron a observarla con aún más detenimiento. Y lo que constataron les causó una profunda incomodidad: tenía otra caja, sí, pero jamás la usaba… Ella conseguía gamas de color exquisitas y diferentes, pero lo hacía con los colores corporativos, y no con su caja especial.

Todos hacían un buen trabajo, aunque ella y alguno más eran probablemente los mayores responsables del éxito colectivo, por lo que, pasando el tiempo, la empresa fue viento en popa. Gracias a ello se empezó a contratar a dibujantes temporales.

Se trataba de artistas jóvenes que se iniciaban en su vida laboral con toda la energía e inquietud propias de su momento. En un par de ocasiones hubo quien en seguida se percató de la calidad del trabajo de nuestra protagonista, se atrevió a alabarlo públicamente y uno intentó dar un paso más y acercarse a su trabajo y a ella misma. En cuanto el resto observó la actitud, bastaron unas severas miradas hacia el nuevo para que desistiera del intento. Vale que tuvieran en la empresa este caso que se salía de la normalidad; pero… a ver si van a aparecer otros y el nivel de exigencia cambia… Eso no podía ser.

Ella no era consciente de estas situaciones. Se dedicaba a lo suyo, a hacerlo lo mejor que podía, como ya sabemos. Y aún así, vivía insatisfecha; sabía que cometía errores y era intransigente con eso. Gracias a que algún compañero le valoraba de cuando en cuando sus acabados, le preguntaba alguna duda y le confiaba qué difícil era a veces el trabajo, ella mantenía una actitud positiva y se apoyaba en éstos para sentirse parte de la empresa. Hasta que llegó él.

Esta vez las miradas reprobatorias no fueron eficaces. El nuevo ilustrador, apasionado en su trabajo, firme en sus convicciones y seguro de la calidad de las ilustraciones que ella continuaba diseñando, empezó a valorarlas en voz alta. Y no solamente dirigiéndose a ella, sino también en público e, incluso, a sus jefes. Algo de aquellos dibujos, quizá solamente él lo sepa, le hizo convertirse en un seguidor incondicional. Lo valoraba y lo apoyaba (tenía mucho sentido porque, en realidad, su propio trabajo guardaba mucho parecido con el de ella). Nuestra protagonista se sentía halagada de verdad. Pero, por lo que sabemos acerca de su personalidad, podemos ya concluir que escuchaba, se sonreía satisfecha y continuaba con sus preocupaciones acerca de lo que aún podía mejorar…

Fue un pequeño descubrimiento el que hizo cambiar las cosas. La insistencia del nuevo en comentar cuánto admiraba sus ilustraciones hizo que ella se preguntara por fin a sí misma si algo de lo que oía tendría verdaderamente visos de realidad. ¿Y si realmente era buena, mejor de lo que se creía? Por fin, se atrevió a dirigirse a él para pedirle que le explicara qué era lo que le hacía valorar su trabajo de aquella manera…

Las respuestas removieron su mundo. Le habló de su fuerza, de la seguridad que mostraba hacia afuera (a pesar de que ella sentía justamente lo contrario), de su implicación, de su valor para afrontar nuevos retos… Le aseguró que aunque sus herramientas de trabajo eran las propias de la empresa, las mismas que las de los demás, estaba completamente convencido de que ella disponía de otras, propias, que la ayudaban, consciente o inconscientemente en su tarea. Ella guardó unos segundos de silencio, se apartó de su mesa de trabajo y, con un lento movimiento, se acercó a la mesa de su compañero observando estupefacta una caja de colores enorme, similar a la suya. La abrió para ver el enorme conjunto de lapiceros con unas gamas de color impresionantes.

-Ésa es mi inspiración – dijo él, observando su sorpresa. Ésa y el trabajo de los grandes artistas. Y yo sé que tú tienes las mismas herramientas, pero también la capacidad y el arte de utilizarlas de una manera admirable. Porque yo te admiro, lo sabes.

Aquellas palabras provocaron un seísmo en el interior de nuestra dibujante. Efectivamente, ella tenía también su propia caja, y la usaba para tratar de conseguir sus tonalidades finales, pero con las herramientas de la caja común. El esfuerzo que ello le suponía no estaba al alcance de cualquier ilustrador de la empresa. Es muy complicado obtener el color que deseas con elementos tasados, pero ella tenía el talento suficiente para averiguar qué colores y cuántos debía mezclar con ese objetivo. Y él lo había averiguado. Probablemente porque, en el fondo, compartían más cualidades de las que en principio eran conscientes.

A partir de aquel momento el trabajo de ella se volvió diferente. Y su vida también. La confianza en sí misma le hizo terminar cada día de trabajo con una percepción positiva, lejos de la exigencias limitadoras de antes. Sus ilustraciones fueron cada vez más potentes; lo que experimentó al liberarse de las ataduras mentales que tenía, de las que no era consciente hasta entonces, le permitió desarrollar sus ya grandes capacidades creativas. Y, aún más importante, aprendió a escuchar mejor, a ser consciente de su entorno y a trabar amistad y compañerismo auténticos. Porque fue consciente de que necesitaba crear, y necesitaba hacerlo en compañía.

De lo que aconteció después, a ella, a su compañero y a la empresa aún no sé nada. Pero no te preocupes, querido lector, en cuanto tenga noticias podrás tener constancia de ellas en “La caja de colores. Parte II”.

Aunque no lo aseguro, podría decir, sin temor a equivocarme, que ambos realizaban dibujos espectaculares fuera del trabajo, con todas las cajas de color posibles.

En la escuela damos escasa relevancia al estímulo positivo correcto. Le pongo calificativo porque no me refiero al “muy bien, sigue así”… Me refiero a los comentarios positivos que podemos hacer a los niños en el momento adecuado y de la manera eficaz, es decir, cuando sale de verdad del corazón, cuando valoras el resultado o el proceso en función de las dificultades de cada uno, y lo haces de la maner inequívoca en la que el niño, la niña, percibe que eres sincero. Y qué necesario es. Puede remover sentimientos y poner en marcha sinergias con un enorme potencial positivo.

 

 

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Autor: javramiro

Tutor en tercer ciclo de Primaria. Convencido de la necesidad de cambiar la metodología en la escuela... y mantener nuestra ilusión de maestros-as. Y sabedor de que todo lo que acontece en la escuela es vida, a la vez de que la vida es, como dicen los antiguos, la mejor escuela... En el blog escribo sobre la escuela y sobre la vida. ¿Acaso son cosas distintas?

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