Escuela, escuela…

La escuela es vida. La vida es escuela.

Competencia para amar.

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Le Paradis (Dalí)

Xilografía de Dalí perteneciente a su obra Le Paradis

Siempre me ha llamado la atención el modo en el que los artistas han venido representando a lo largo de la Historia esa situación (o invención) posterior a la muerte que unos llaman cielo y otros paraíso o edén.

Suele consistir en un entorno natural acogedor, tranquilo y habitable con presencia humana. Poca presencia humana.

Este último aspecto es precisamente lo que más me interesa. ¿Se elige poca presencia porque un conjunto grande de personas llevaría a suponer una mayor posibilidad de conflicto? Esto alejaría la situación representada del concepto inicial de cielo, desde luego.

Y, sin embargo, si tratamos de representar mentalmente una existencia plena, armónica, pacífica… necesitaremos obligatoriamente a otros seres humanos; no concibo una existencia plena en soledad. Y sería poco razonable, además, que la compañía fuera exclusivamente el conjunto de aquellos con quienes “nos gustaría” estar… Habría que construir, en ese simpático caso, millones de cielos independientes.

Pues bien, dado que -por si no lo sabéis- el infierno está aquí en nuestro propio planeta (sólo hay que conocer un poco la realidad de Siria, como arquetipo de tantos y tantos lugares que hoy y ahora constituyen el dolor, escarnio, injusticia y podredumbre de nuestro humano mundo), también debería haber un cielo en nuestro entorno. O, como seres inteligentes que somos, al menos debería empezar a construirse. ¿Para qué, si no, debiera servir nuestra adaptación como especie superior?

Llegados a este párrafo quizá ya un buen porcentaje de lectores con mentalidad científica han abandonado… Pues eso que se pierden. Porque yo no voy a esbozar ningún argumento religioso. Todo lo contrario. Trataré de contar cómo desde la escuela, laica y liberadora, se deberían tratar los asuntos que verdaderamente nos importan como humanos. (Con mi proverbial labia quizá ahora ya se vayan también los lectores con mentalidad religiosa… y solamente me quede yo con un soliloquio).

El problema que afronto es muy grande. Quizá excesivo para mis capacidades, aunque no me faltan palabras. Y es que es ahí, precisamente, donde reside el problema, en las palabras. Las palabras que atesoran nuestro conocimiento (el racional, el sensorial y el íntimo relativo a los sentimientos) y que suelen llevar adosadas algunas cualidades conscientemente elegidas para otorgarles una relación cuando menos peligrosa. Probad si no a pronunciar conceptos tan importantes como amor. Probad aún más: para construir un cielo, un mundo justo, pacífico y pleno hace falta amar… ¿Verdad que inmediatamente el texto que lees (aún espero que haya alguien ahí…) se torna espiritual, religioso, etéreo…?

Y es que la palabra amar, una capacidad tan esencial para los humanos, no podía pasar desapercibida para la religión… En el caso del cristianismo se le adosan cualidades divinas (Dios es amor), existenciales (amor creador de Dios)… Desde luego, la Iglesia Católica fue seguramente, si pensamos en la Historia de la Empresa, la primera en fundar un departamento publicitario. Y, con la antigüedad que tiene, ha sido y es exitoso desde tiempo inmemorial… Fue, y sigue siendo su especialidad, apropiarse de símbolos, lugares con tradición milenaria, ritos y costumbres populares, etc. para conferirles un marchamo propio que obtiene el gran beneficio publicitario por excelencia: asociarlos a su exclusivo ámbito de influencia. (El Catolicismo explicado a las ovejas, delicioso y desternillante ensayo de Juan Eslava Galán,  o la novela de éxito El guardián invisible, de Dolores Redondo Meira, en la que desbroza de una manera fascinante cómo el cruce de caminos medieval, peligroso, retador y misterioso, se transforma en la cruz como principal símbolo cristiano, son buenos ejercicios para corroborar este, por lo demás, incuestionable hecho de la apropiación de conceptos ya existentes).

Sin embargo, amar es una palabra bien simple. Según la RAE, se trata de “tener amor a alguien o a algo”; y amor: “sentimiento que mueve a desear que la realidad amada, sea persona, un grupo humano o alguna cosa, alcance lo que se juzga su bien …/…”. Resumiendo, se trata de desear y lograr un efecto positivo, realmente bueno, a la persona que amas. Incluso, sin obtener beneficio propio.

Si utilizamos diversos grados de amor, para los que solemos utilizar términos muy variados como cariño, deseo, querer, amistad, compañerismo, y tantos otros, y comenzamos por deseárnoslo a nosotros mismos en primer lugar (deberíamos desear para nosotros algún efecto positivo, algún bien), ya tenemos un buen plan para la vida. Quizá, si me apuras, el único importante.

La escuela es sólo uno de los múltiples elementos que ayuda a crecer ofreciendo herramientas para la vida, pero es el más potente que tenemos como sociedad, como tribu… La escuela es un gran cajón de sastre al que va a parar todo aquello que supuestamente solucionaría los problemas de la sociedad (igualdad, conocimiento, civismo, educación vial…). Y, aunque la escuela tiene que trabajar ahora siete competencias básicas, quizá, y sólo quizá, debiera empezarse por la que no figura en el listado: por la competencia para amar. La capacidad de uno por conocerse a sí mismo y, después, la capacidad de empatizar y relacionarse con los demás, ayudando a lograr efectos benéficos para la vida. A veces, bastarían algunas risas… Otras, sería necesario trabajar más a fondo a partir de los conflictos que se crean en la misma convivencia diaria. Y es que no tengo muy claro que el hecho de la existencia de conflicto tenga obligatoriamente que ver con aspectos negativos de la vida. Por el contrario, gestionar bien los conflictos es precisamente uno de los aprendizajes más necesarios para desarrollar una vida plena; los vas a tener, así que mejor si sabes cómo afrontarlos junto a los demás…

Amar es la única competencia verdaderamente necesaria. Y no está entre las siete que forman parte de nuestras programaciones. ¿O sí? A ver si resulta que lograríamos sentir amor por nosotros mismos y por los demás si comprendiéramos y nos expresáramos bien con las palabras (escritas, habladas, digitalizadas…), si tuviéramos un positivo sentido de la iniciativa, si domináramos los procesos de la lógica y la ciencia, si aprendiéramos a aprender, si tuviéramos conciencia cultural, si fuéramos poseedores de buenas relaciones sociales y civismo… A ver si, a pesar de que la tarea parece de proporciones gigantescas… estamos en ella desde el principio… Todo maestro, toda maestra que tiene como principal objetivo ayudar a pequeños seres humanos a convertirse en grandes seres humanos, y les acompaña en su camino, está en ella. Consciente o inconscientemente la está trabajando. Simplemente con tener cariño (y demostrarlo) está trabajando la competencia para amar. Los niños aprenden mucho más con lo que hacemos y sentimos que con lo que decimos.

Aunque no es fácil. Entre otras cosas porque los adultos nos dejamos engañar, de nuevo, por las palabras. Por la apropiación que algunos se han hecho de ellas y por la relación que establecemos entre conceptos parecidos, asemejados, pero, en nigún caso, equivalentes.

Amar y amor. No confundir con: querer, relación, deseo, compañero-a, pareja, sacramento, fidelidad, sexo, cariño, compromiso, matrimonio, celos, amistad, lealtad, exclusividad…

 

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Autor: javramiro

Tutor en tercer ciclo de Primaria. Convencido de la necesidad de cambiar la metodología en la escuela... y mantener nuestra ilusión de maestros-as. Y sabedor de que todo lo que acontece en la escuela es vida, a la vez de que la vida es, como dicen los antiguos, la mejor escuela... En el blog escribo sobre la escuela y sobre la vida. ¿Acaso son cosas distintas?

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