Escuela, escuela…

La escuela es vida. La vida es escuela.

Altruísmo

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Es bien cierto que en muchas ocasiones jugamos con las palabras. Nos parece bien darles un sentido algo diferente al que originalmente poseen, tal y como citaba en la anterior entrada hablando de necesidad como un ejemplo (algo necesario para sentirse bien no lo es auténticamente, pues no es obligado tenerlo para sobrevivir).

Hoy voy a repetir el juego con aquella capacidad de algunas personas que les hace parecer gigantes como seres humanos. Aquella cualidad o diligencia que les hace proporcionar algún bien a otras personas aún a costa de sufrir algún posible perjuicio en el intento: el altruísmo.

En seguida relacionamos a las personas altruístas con organizaciones no gubernamentales, pues, sin duda, allí podríamos encontrar miles de ejemplos. Se trata de gentes que han llegado al punto de calidad humana en el que se les hace imprescindible dar pasos inicialmente incómodos, girar situaciones vitales estables volviéndolas inseguras, tomar decisiones arriesgadas, optar, en definitiva, por realizar un cambio en sus propias vidas para enfocar su actividad en lograr mejoras concretas para la vida de otros… En la escuela hablamos a menudo de estas iniciativas; aunque, dicho sea de paso, dándole un enfoque demasiado banal en la mayoría de las ocasiones…

Pues bien, ¿no es posible que haya otro tipo de altruísmo más a pie de calle que pasa mucho más desapercibido?

Hay personas a las que normalmente no echamos en falta, quizá porque no nos aportan mucho, o porque simplemente no viven con unos criterios, gustos o aspiraciones similares a las nuestras… pero hay otras con las que pasaríamos la vida entera. Son aquellas que realmente hacen que nuestra vida tenga más calidad, sea más rica, tenga más momentos de felicidad, parezca más plena… Son quienes, para empezar, nos dan siempre una sonrisa, las que nos saben escuchar, nos hablan respetando nuestra manera de ser, sentir y expresar, nos animan… Las que están de verdad con nosotros, aunque sea por breves momentos. Aquellas que cuando están a nuestro lado hacen que el entorno se difumine y el tiempo se disuelva o discurra con otra velocidad diferente. Las que nunca, nunca quisiéramos que nos olvidaran, las que siempre habitan en un rincón de nuestra mente y en nuestros propósitos. Todos conocemos alguna.

Son altruístas. Y lo son porque mejoran nuestra existencia, nuestra vida, a pesar de que ello les ocasione algún trastorno. Por desgracia, como no siempre respondemos con igual actitud, simplemente por eso ya reciben menos de lo que dan. Y eso es lo de menos, porque en otras ocasiones cometemos errores en nuestra relación con ellos o nos permitimos el lujo de confundirlos, desairarlos, ignorarlos, incomodarlos o menospreciarlos, llevados por un ofuscado momento de mal humor o malinterpretando su comportamiento con nosotros. Al final, ese es el perjuicio al que se refiere la definición de altruísta.

Bien es verdad que quizá su objetivo no alcanza el grado de importancia vital, necesario, que sí pretende quien trabaja para una organización humanitaria; éste lidia con la necesidad básica, la auténtica por definición; aquél lo hace con la necesidad más prosaica, la del momento, la del espíritu… Pero unos y otros actúan porque sale de su interior, porque su acción o actitud procede de su más esencial don, el de ayudar o compartir con honestidad y sin segundas intenciones. ¿No podríamos considerar altruístas entonces a ambas clases de personas?

Es una misión esencial, creo yo, hacer ver en la escuela la necesidad de detectar estos comportamientos tan humanitarios. Para potenciarlos, agradecerlos y aumentarlos, si se puede. Todos deberíamos ser altruístas en algún momento, al fin y al cabo. En el fondo, todos lo somos alguna vez.

Pero hay que ser conscientes de ello y cuidarlos. Cuidar los comportamientos y también cuidar a quienes los provocan ¿Acaso sonreímos siempre a quien nos regala una inicial sonrisa? ¿Les mostramos agradecimiento por estar ahí? ¿Estamos pendientes de alguna de sus propias necesidades?

Muchas personas han desarrollado capacidades y cualidades que no creían tener, por ejemplo, gracias a que alguno de estos-as altruístas de a pie se las hizo descubrir. El señor Kakuro Ozu, de la novela “La elegancia del erizo”, de Muriel Barbery, o el descubrimiento del mismo músico Irving Berlin son ejemplos -ficticio y real- de lo que hablamos. Pero estas historias habrá que guardarlas para próximas entradas… De momento, descubramos gestos y sonrisas; si te acostumbras a buscar, hasta en la naturaleza podrás encontrar alguna… 😉

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Autor: javramiro

Tutor en tercer ciclo de Primaria. Convencido de la necesidad de cambiar la metodología en la escuela... y mantener nuestra ilusión de maestros-as. Y sabedor de que todo lo que acontece en la escuela es vida, a la vez de que la vida es, como dicen los antiguos, la mejor escuela... En el blog escribo sobre la escuela y sobre la vida. ¿Acaso son cosas distintas?

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