Escuela, escuela…

La escuela es vida. La vida es escuela.

De cuerpo presente

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La plaza más concurrida de la ciudad más hermosa, en pleno verano.

El paraíso debería ser algo así. Sin embargo, ¿por qué pensó en el infierno? Durante la mañana había disfrutado de la belleza de aquel lugar; de sus centenarios edificios; de los añejos rincones en los que pudo imaginar mil escenas del pasado; de las huellas del paso decidido y siempre (hasta ahora) intencionadamente civilizador de la historia.

En cada ocasión en la que era consciente del paso del tiempo (a diario ya) se reafirmaba en la amarga certidumbre de que el progreso de las sociedades occidentales no es más que una fachada; una pátina superficial de tecnología sobre una fea masa conformada por individualidades que se manifiestan incapaces de organizarse como un colectivo empático y solidario. Una vez más, cuando ahora trataba de sentirse vivo, intenso y dichoso compartiendo el lugar con las personas que se iba encontrando, percibió esa desagradable punzada en el espíritu. Fue por algo banal, en realidad, pero a estas alturas ya se sentía vulnerable con cualquier pequeño motivo.

Aquella chica mostraba una sonrisa que atraía la atención. No obstante, se necesitaba muy poco tiempo para percatarse de la ausencia de franqueza en el gesto. De hecho, no necesitó pensar mucho más en lo extraño del momento, ya que el rostro experimentó una súbita transformación dando paso a una seriedad también exagerada. El clic de la cámara fue el detonante de semejante cambio. Así, una sonrisa impostada e impostora se mudó en un rictus que parecía ser, en realidad, la expresión ordinaria en aquella persona. Y la de muchos otros presentes en la bonita y turística plaza, para ser honestos.

Trató de encontrar el motivo por el que, lejos de expresar satisfacción, plenitud o contento, los rostros trasladaban idea de hastío, contrariedad o mal humor. Podría ser el calor, claro; o el hambre, estando próxima la hora del almuerzo; o la pesada insistencia de aquellos inmigrantes que asaltaban repetidamente al turista ofreciendo unos granos de cereal con los que alimentar a las decenas de palomas del mismo modo que ellos mostraban: como estatuas y permitiéndolas posarse en sus brazos y hombros, para así lograr un recuerdo fotográfico más.

Sin embargo, ni esas bandadas de desfavorecidos, ni el estómago hambriento, ni siquiera el sudor podrían ser culpables de que aquellas personas penaran por la plaza en vez de estar gozando de unas seguramente tan deseadas vacaciones… Simplemente, no estaban allí. Nuestro hombre, maestro de profesión, recordó aquella expresión tan familiar y que tanto le preocupaba en el día a día. El cerebro encontró ese recuerdo y se lo presentó como un auténtico fogonazo: la cara del niño, de la niña que está en el aula sin emoción alguna, mortalmente aburrido, deseoso de que, simplemente, pasen los minutos, cese la agonía y llegue algún estímulo de verdad que lo agite y lo emocione…

No estaban allí. Probablemente habían preparado con tanta antelación las vacaciones que tenían que disfrutarlas, de modo que era obligatorio pasar por la plaza y, además, divertirse; pero internamente no deseaban aquello, y se notaba.  El maestro recordó las enseñanzas que un querido director de escena le había proporcionado en sus ya lejanos tiempos de farándula, cuando realizaba tareas de figurante en escenas de ópera… Si estás en escena, eres un personaje y jamás, en ningún caso, debes abstraerte ni contemplar; al contrario, has de vivir la situación; sentir lo que acontece; expresar, por tanto, tus emociones. Así, tu rostro lo traslada al espectador. “Nunca, nunca te quedes ahí con cara de nada”.

Esas eran las caras que veía. Caras en las que no había emoción. Caras de personas que, o no estaban en el lugar adecuado, o no disfrutaban de la compañía deseada. Tal parecía que muchos de los viandantes estaban de cuerpo presente. La pregunta que cabía hacerse era… ¿dónde estaban sus almas?

 

 

 

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Autor: javramiro

Tutor en tercer ciclo de Primaria. Convencido de la necesidad de cambiar la metodología en la escuela... y mantener nuestra ilusión de maestros-as. Y sabedor de que todo lo que acontece en la escuela es vida, a la vez de que la vida es, como dicen los antiguos, la mejor escuela... En el blog escribo sobre la escuela y sobre la vida. ¿Acaso son cosas distintas?

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