Escuela, escuela…

La escuela es vida. La vida es escuela.


Deja un comentario

Autenticidad

Realmente se sentía más incómodo de lo que había imaginado días atrás. Iba a estar con sus mejores amigos, compartiendo una importante etapa de sus vidas y disfrutando momentos con ese tipo especial de felicidad que luego reconforta recordar…

Sin embargo, aquella ceremonia estaba terminando con todas sus expectativas. La vaciedad de los arcaicos símbolos, la monotonía y el paternalismo del oficiante, la desangelada decoración del templo y la evidente falsedad en los textos que recitaban unos pocos de los presentes le impedían centrarse en algún aspecto positivo.Por el contrario, le situaron frente a sus pensamientos recientes: ¿y la autenticidad?

Le resultaba desolador observar el poco criterio con el que se desenvolvía la mayor parte de las personas conocidas. Era triste comprobar que tanta gente actuaba y hablaba de la misma manera; mismas premisas, iguales conclusiones, repetidas sentencias utilizadas una y otra y otra vez… En la era de la información tal parece que además de compartir la misma, también era obligado manifestar igual opinión. Es más, con cuatro o cinco frases se despacha lo principal y se advierte para no abandonar el sendero correcto de la vida…

-¡Que cuñadismo más atroz! Da igual que el tema sea el trabajo o el deporte, la vida en España o la vida en el tercer mundo, la pobreza o la política en general. ¡Hay tanta gente con las ideas tan claras que más te vale coincidir en lo sustancial de las mismas, no vayas a ser tachado de populista!

-Es bien curioso esto. Fijémonos que en realidad deberíamos llamar populista a la opinión mayoritaria, puesto que sería la del pueblo en general…

-Pero cuidado: recuerda lo que decía aquel cura: “la masa empobrece, envilece y embrutece…” También tiene gracia si piensas cuánto de crítica y de debate hay en la masa de gente que conforma la Iglesia…

¡Cuánto deseaba que terminase el bautizo de una vez! Estaba convencido de que después, compartiendo la comida y las conversaciones, riendo las ocurrencias y discrepando de las opiniones sobre cualquier tema interesante, y todo ello, mirándose limpiamente a los ojos, como bien hacen los amigos, todo sería, por fin, auténtico.

 

Anuncios


Deja un comentario

De cuerpo presente

La plaza más concurrida de la ciudad más hermosa, en pleno verano.

El paraíso debería ser algo así. Sin embargo, ¿por qué pensó en el infierno? Durante la mañana había disfrutado de la belleza de aquel lugar; de sus centenarios edificios; de los añejos rincones en los que pudo imaginar mil escenas del pasado; de las huellas del paso decidido y siempre (hasta ahora) intencionadamente civilizador de la historia.

En cada ocasión en la que era consciente del paso del tiempo (a diario ya) se reafirmaba en la amarga certidumbre de que el progreso de las sociedades occidentales no es más que una fachada; una pátina superficial de tecnología sobre una fea masa conformada por individualidades que se manifiestan incapaces de organizarse como un colectivo empático y solidario. Una vez más, cuando ahora trataba de sentirse vivo, intenso y dichoso compartiendo el lugar con las personas que se iba encontrando, percibió esa desagradable punzada en el espíritu. Fue por algo banal, en realidad, pero a estas alturas ya se sentía vulnerable con cualquier pequeño motivo.

Aquella chica mostraba una sonrisa que atraía la atención. No obstante, se necesitaba muy poco tiempo para percatarse de la ausencia de franqueza en el gesto. De hecho, no necesitó pensar mucho más en lo extraño del momento, ya que el rostro experimentó una súbita transformación dando paso a una seriedad también exagerada. El clic de la cámara fue el detonante de semejante cambio. Así, una sonrisa impostada e impostora se mudó en un rictus que parecía ser, en realidad, la expresión ordinaria en aquella persona. Y la de muchos otros presentes en la bonita y turística plaza, para ser honestos.

Trató de encontrar el motivo por el que, lejos de expresar satisfacción, plenitud o contento, los rostros trasladaban idea de hastío, contrariedad o mal humor. Podría ser el calor, claro; o el hambre, estando próxima la hora del almuerzo; o la pesada insistencia de aquellos inmigrantes que asaltaban repetidamente al turista ofreciendo unos granos de cereal con los que alimentar a las decenas de palomas del mismo modo que ellos mostraban: como estatuas y permitiéndolas posarse en sus brazos y hombros, para así lograr un recuerdo fotográfico más.

Sin embargo, ni esas bandadas de desfavorecidos, ni el estómago hambriento, ni siquiera el sudor podrían ser culpables de que aquellas personas penaran por la plaza en vez de estar gozando de unas seguramente tan deseadas vacaciones… Simplemente, no estaban allí. Nuestro hombre, maestro de profesión, recordó aquella expresión tan familiar y que tanto le preocupaba en el día a día. El cerebro encontró ese recuerdo y se lo presentó como un auténtico fogonazo: la cara del niño, de la niña que está en el aula sin emoción alguna, mortalmente aburrido, deseoso de que, simplemente, pasen los minutos, cese la agonía y llegue algún estímulo de verdad que lo agite y lo emocione…

No estaban allí. Probablemente habían preparado con tanta antelación las vacaciones que tenían que disfrutarlas, de modo que era obligatorio pasar por la plaza y, además, divertirse; pero internamente no deseaban aquello, y se notaba.  El maestro recordó las enseñanzas que un querido director de escena le había proporcionado en sus ya lejanos tiempos de farándula, cuando realizaba tareas de figurante en escenas de ópera… Si estás en escena, eres un personaje y jamás, en ningún caso, debes abstraerte ni contemplar; al contrario, has de vivir la situación; sentir lo que acontece; expresar, por tanto, tus emociones. Así, tu rostro lo traslada al espectador. “Nunca, nunca te quedes ahí con cara de nada”.

Esas eran las caras que veía. Caras en las que no había emoción. Caras de personas que, o no estaban en el lugar adecuado, o no disfrutaban de la compañía deseada. Tal parecía que muchos de los viandantes estaban de cuerpo presente. La pregunta que cabía hacerse era… ¿dónde estaban sus almas?

 

 

 


Deja un comentario

La peor de las decisiones

PicsArt_07-19-10.03.26

“La vida es lo único que, efectivamente, poseemos. Se supone que debemos manejar bien sus riendas. Sin embargo ocurre que, con frecuencia, es ella la que tira fuertemente ajustando nuestra marcha a su antojo…”

Esto pensaba, quizá tentado de escribirlo en el primer rato libre del que dispusiera, cuando se percató de que ya transcurrían diez o doce minutos desde que guardaba cola ante la caja de aquella oficina bancaria, obligado a realizar aburridos pero inevitables trámites.

Entonces lo vio. No había reparado en aquel hombre, a pesar de que ambos llevaban allí tanto tiempo. Doce minutos como mínimo.

A medida que lo iba observando reflexionó, en paralelo, sobre la poca atención que prestaba a su entorno en demasiadas ocasiones. Sin duda era debido a que solía zambullirse a fondo en su mundo interior, aunque eso no le parecía suficiente justificación; de hecho lo consideraba uno más de sus defectos.

Ahora, al fijarse en él, descubrió unos cuantos aspectos que lo cautivaron. El principal, la ansiedad que desprendía aquel hombre, quien, siendo sólo un poco mayor que él mismo, aparentaba haber vivido mucho más tiempo y, si no fuera porque parece imposible, muchas más vidas.

Agarraba con su mano derecha un único documento, y con la izquierda el antebrazo que sujetaba el papel, como obligándolo a recogerse sobre el pecho, protegiendo algo valioso.

En el folio se apreciaba un membrete oficial y unas escasas líneas seguidas de fecha, sello y firma. Cualquiera podía verlo, ya que cada cierto tiempo lo desdoblaba, lo releía cómo asegurándose de su contenido y volvía su mirada alternativamente al mostrador y a la cajera, con los ojos muy fijos, más abiertos de lo normal, en estado de alerta. Aún le quedaba por delante una persona, además de la que en este momento se encontraba en caja.

A estas alturas, nuestro observador ya no podía fijar la atención en otra circunstancia que no fuera ésta. Y, por añadidura, se iba percatando de algunos detalles que le invitaban a fabular, como siempre le ocurría. En primer lugar reparó en el calzado: aquellas sandalias, que disimulaban bien su condición, revelaban sus secretos solamente con un pequeño cambio de apoyo en el pie; su desgaste se había convertido ya en rotura hacía semanas. Y sus pantalones, totalmente inadecuados para la estación veraniega, denotaban igualmente que ni eran de su talla ni resistirían ya muchos más lavados.

En esos pensamientos encaminados a condicionar al personaje estaba cuando vio que al fin le llegaba el turno a aquel hombre. No podía oír con claridad toda la conversación, pero tras unas pocas palabras y atendiendo a las actitudes que pudo apreciar (la casi maternal de la exquisita mujer que atendía en caja y la confundida, educadísima y casi derrotada del hombre), sólo pudo murmurar para sí algo sobre la mierda de sociedad que estamos creando…

“Sí. Es todo.” “… menos que el mes pasado.” “Fue a la oficina…?” “¿Lo puedo sacar?” “…todo, por favor.”

Aquel hombre educado, prudente y visiblemente triste cogió unos pocos billetes apretados en un sobre, juntó un puñado de monedas para meterlas en su bolsillo y, tras dar las gracias tan sincera y cordialmente como si aquella mujer le hubiera dado lo que merecía (y sabemos que no fue así), salió de la oficina con la misma expresión de ansiedad que portaba desde el principio de esta pequeña historia.

Nuestro otro hombre aún no era capaz de asimilar del todo lo que había observado, de modo que siguió con la mirada el caminar decidido de su compañero de cola mientras daba un paso acercándose a la caja. Le vio a través del gran ventanal cruzar la calle, dudar en qué sentido caminar, iniciando una marcha hacia la derecha para luego girar bruscamente hacia la izquierda y en un súbito movimiento entrar con gran decisión… ¡en una frutería!

“¡Señor, su turno!” Su mente se quedó en blanco por un instante. Todo aquello le parecía irreal. Recuperó la cordura al instante y se puso a despachar sus asuntos tratando de concentrarse en ellos. Lo hizo, quizá más rápido de lo habitual, pues algo le perturbada y sentía la necesidad de saber qué.

Lo supo de inmediato. En cuanto puso el pie en la acera y se topó de bruces con la frutería. Aún llevaba en la mano parte del dinero que utilizó para hacer un pago en el banco, de modo que se quedó con el billete de veinte y guardó la calderilla. Sabía exactamente lo que quería hacer. Cruzó agitado la calle, tratando de pensar qué decir, entró en la tienda y… no había nadie.

Salió de nuevo, dejando en ascuas al dependiente, y caminó con rapidez en un sentido y en otro. En otro y en uno. Ya no estaba. La sensación de irrealidad que ya había experimentado aquella mañana se hizo intensa e irritante.

Maldijo su indecisión. Debió haber salido en el momento mismo que lo pensó por vez primera. Protestó ante sí mismo por no haber tomado antes la decisión. Y reflexionó, como últimamente siempre hace, sobre el mero hecho de decidir.

Se prometió a sí mismo ser más directo. Asumir con descaro sus propios principios. Actuar. Porque no hay peor decisión que la de no tomar partido.