Escuela, escuela…

La escuela es vida. La vida es escuela.


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Asocial

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Sentía verdadero temor. ¿Cómo había llegado a planteárselo, siquiera? Sentirse así era demasiado duro, incluso para él, que siempre se había exigido tanto. Era, dicho de otro modo, un poco drástico. Además, un maestro no puede ser asocial. Eso debería ser un oxímoron. Se supone que su función esencial es, precisamente, facilitar la relación entre los niños, mostrarles la felicidad que origina compartir tiempo, espacio y actividad…

Así, al menos pensaba él. No era lo habitual según su ya larga experiencia, ya que en la mayoría de los casos ese aspecto educativo era secundario; lo relevante era el currículo. Otra razón más para sentirse ajeno a lo común, al pensamiento estándar, al rebaño irreflexivo y acrítico. Últimamente le ocurría lo mismo con distintos ámbitos de la vida: con la política, la prensa, los programas televisivos, las tertulias radiofónicas, la moda, la escuela, las comidas de trabajo, las grandes reuniones con “amigos”…

Desde luego, nuestro hombre no era antisocial. Todo lo contrario. El maestro mantenia que, aunque le encantaba la profesión, la auténtica vocación que experimentaba era servir a su sociedad; consideraba que ser funcionario era un privilegio, ya que suponía un encargo social: su propia comunidad le escogía para responsabilizarse de una tarea necesaria. En su caso, de la enseñanza. Podría haber sido enfermero, bombero o administrativo; eso daba igual. Su manera de ser y sentir era social, deseaba contribuir; era más filántropo que antisocial. Y saberlo le hacía estar en paz consigo mismo.

Su pensamiento, sin embargo, se rebelaba en lo relativo a la forma de pensar que se estaba estableciendo como norma común. Paulatinamente se sentía cada vez más separado de sus iguales. Odiaba lo irreflexivo y aborrecía la crítica fácil, la falacia y la risa bobalicona con la que tantos suscriben ese tipo de opiniones o chistes que anulan argumentos e ideas bien construidas. Se preocupaba también analizando cómo la empatía era una cualidad escasa en nuestros días y cuánto egoísmo crecía al calor de la falsa comparación entre distintos grupos sociales. Si sumaba a todo esto la discutible lista de valores en alza sentía una aversión creciente hacia su entorno; ser un tipo asocial constituía una aguda preocupación, y el caso es que era consciente de que con el tiempo le resultaba más difícil sentirse cómodo en grupos grandes, en reuniones formales o, simplemente, con personas incapaces de mantener una conversación fuera de los tópicos habituales.

Ahora caminaba entre la multitud, más rápido de lo que necesitaba, contagiado por la ansiedad que percibía. Los días de compras navideñas hacen que las ciudades parezcan hormigueros, si no fuera porque en este caso los miembros no forman una colonia, sino que son individuos con objetivos dispares y escasamente preocupados por un bien común. Ni siquiera él, con su bienintencionada predisposición, aspiraba a una hermandad global y sincera, aunque sí lucharía por lograr un mayor grado de solidaridad en pos de un entorno social más justo e igualitario en oportunidades reales (así trataba de enseñárselo a sus peques en la escuela, en la medida que podía). Era de las personas que, en su aparente ingenuidad, leía los carteles de los mendigos y les aportaba unas monedas; sus preferidos, los que ofrecían algo al paseante: los músicos, los titiriteros, los dibujantes… Si, además, le ofrecían una sonrisa o un saludo medianamente sincero, ya le ganaban por completo.

Como en aquella ocasión, cuando conoció a la chica perfecta. La de los dibujos imposibles, sonrisa sincera y mirada limpia. La de la conversación directa y llena de sutiles y arrebatadora ideas. La que, ingenuamente, él pensó que podría haber sido su compañera, sólo porque tenían tanto en común. La que, un día como éstos, le dejó con la miel en los labios de la manera más elegante e inteligente, a pesar de sentir, como nuestro maestro, también algo hermoso. La que desde entonces recuerda cada vez que llegan los días de compras navideñas…

Pensando en ella de nuevo le asaltó una idea. Si hay personas por las que renunciarías a todo con tal de compartir su tiempo eres…

– ¿asocial o exigente?

 

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Presentando respetos…

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…al dinero. Esa era la idea que no le abandonaba desde que logró encontrar un sitio en lo más recóndito del aparcamiento del tanatorio.

Nunca había visto semejante multitud en aquel lugar, al que, por cierto, hacía tiempo que no acudía.  En la mayoría de las ocasiones anteriores lo había hecho para acompañar a algún amigo en sus peores momentos, en aquellos que se experimentan cuando alguien a quien quieres se va y ya no vuelve más… Hoy no era así, sin embargo; solamente actuaba de taxista para dos personas que sí llevaban ese propósito, el de servir de apoyo y ánimo a la familia que pierde uno de sus miembros.

Lo hacía con gusto. Las dos mujeres a las que ayudaba, amigas de su familia, eran viejas conocidas de los hijos del fallecido. Todos ellos formaban en su día parte del círculo de vecinos de aquel diminuto pueblo, así que sería fácil conversar placenteramente sobre el pasado común, una vez que se expresara el pésame de rigor.

La franqueza y el saber escuchar en momentos de duelo son grandes cualidades. Tanto, que constituyen uno de los pocos casos en los que las personas parecen prescindir del tiempo, ese condicionante brutal de la vida. Él lo había experimentado a fondo con la muerte de su propio padre; incluso durante el periodo anterior, el de la enfermedad. Simplemente, acompañándolo en la habitación del hospital, el tiempo corría de distinta manera, como elástica, difusa, extraña y amorfa. Y así le ocurrió después, mientras lo velaba y recibía visitas de amigos, familiares y conocidos.

Sin embargo, a pesar de la excelente predisposición de las dos mujeres, en esta ocasión no fue posible. Ni la ingente cantidad de presentes ni la actitud de los hijos facilitó el momento propicio para la confraternización. Todo se parecía mucho más a una recepción de famosos que a un duelo aliviado con compañía y apoyo. No en vano aquellos trabajadores y esforzados hermanos se habían convertido en empresarios de éxito, poseedores de estimables contactos en todas las esferas se la vida pública.

Saltaba a la vista que gran parte del público no llevaba precisamente aquel impulso de acompañar, escuchar y sentir junto a los que se dolían con la muerte de su padre, sino que las intenciones eran mucho más simples: hacerse ver. Se trataba de formar parte de un mismo grupo, de ser algo con ellos. De algún modo, de compartir su posición o su éxito social. Y de quedar a la espera de algún favor futuro, ¿por qué no?

Venían a presentar sus respetos. Perdiéndose el respeto a si mismos…


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Autenticidad

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Realmente se sentía más incómodo de lo que había imaginado días atrás. Iba a estar con sus mejores amigos, compartiendo una importante etapa de sus vidas y disfrutando momentos con ese tipo especial de felicidad que luego reconforta al recordar…

Sin embargo, aquella ceremonia estaba terminando con todas sus expectativas. La vaciedad de los arcaicos símbolos, la monotonía y el paternalismo del oficiante, la desangelada decoración del templo y la evidente falsedad en los textos que recitaban unos pocos de los presentes le impedían centrarse en algún aspecto positivo. Por el contrario, le situaron frente a sus pensamientos recientes: ¿y la autenticidad?

Le resultaba desolador observar el poco criterio con el que se desenvolvía la mayor parte de las personas conocidas. Era triste comprobar que tanta gente actuaba y hablaba de la misma manera; mismas premisas, iguales conclusiones, repetidas sentencias utilizadas una y otra y otra vez… En la era de la información tal parece que además de compartir la misma, también era obligado manifestar igual opinión. Es más, con cuatro o cinco frases se despacha lo principal y se advierte al escuchante, no vaya a ser que abandone el sendero correcto de la vida…

-¡Que cuñadismo más atroz! Da igual que el tema sea el trabajo o el deporte, la vida en España o la vida en el tercer mundo, la pobreza o la política en general. ¡Hay tanta gente con las ideas tan claras que más te vale coincidir en lo sustancial de las mismas, no vayas a ser tachado de populista!

-Es bien curioso esto. Fijémonos que en realidad deberíamos llamar populista a la opinión mayoritaria, puesto que sería la del pueblo en general…

-Pero cuidado: recuerda lo que decía aquel cura: “la masa empobrece, envilece y embrutece…” También tiene gracia si piensas cuánto de crítica y de debate hay en la masa de gente que conforma la Iglesia…

¡Cuánto deseaba que terminase el bautizo de una vez! Estaba convencido de que después, compartiendo la comida y las conversaciones, riendo las ocurrencias y discrepando de las opiniones sobre cualquier tema interesante, y todo ello, mirándose limpiamente a los ojos, como bien hacen los amigos, todo sería, por fin, auténtico.