Escuela, escuela…

La escuela es vida. La vida es escuela.


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Puto jueves…

Sentirse enfadado era uno de los peores estados que podía experimentar. Aparte de la enfermedad había otros, claro: decepción, angustia, impotencia… Pero estar cabreado lo transformaba de una manera nada sutil en otra persona. Y lo hacía, además, súbitamente, sin posibilidad de control, como cuando la leche se desborda por fuera del cazo y ya no hay forma de evitar el derrame y sus consecuencias.

No siempre notaba cuándo empezaba a sentirlo; a veces solamente era consciente cuando ya se volvía insoportable a los demás. Precisamente darse cuenta de ello aumentaba aún más la rabia que sentía, y, así, la emoción crecía sin control.

Aquel día su enfado era enorme, aunque sordo, como un rumor profundo y latente. El cabreo había comenzado consigo mismo, y ése era el peor de todos. Sus consecuencias no eran muy visibles para el resto de las personas, pero a él le devastaba. Solía pensar que era el peor de los enfados, la putísima trinidad del cabreo, puesto que lo convertía, de una sola tacada, en un criminal, en la propia víctima (junto a otra u otras más) y en el mismo juez del propio sentimiento. Llevaba verdaderamente enfadado desde la noche anterior, cuando no supo ser fiel a sus principios y cedió a lo cerebral en vez de seguir a su instinto, como tantas veces se había propuesto en los últimos tiempos…

Y ahora, de repente, tocaba la estupidez colectiva. Era lo que le faltaba. ¡Banderas a media asta por ser Jueves Santo! ¡Vivía en un país laico, joder!

Puede que para muchos fuera importante, pero para él no era más que un puto jueves que no terminaba de pasar…


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Universos paralelos

 

Perdóname.

Ni siquiera tuve el gesto de asegurarme de que eras tú. Mi cabeza me lo impidió. Esa frialdad cerebral que me obliga a razonar con argumentos: “Ella no puede estar ahí, ¿cómo podría?”

Caminabas despacio. Sola. Enfrascada en alguna conversación online con amigos. Te vi porque un hombre se fijó en tu figura, y yo en él; paseó su mirada largo rato sobre ti, está claro que llamaste su atención. No reparé mucho en mirarte, francamente, pues iba pensando en planes y en ideas para escribir. Sin embargo, mientras me acercaba con un paso más rápido que el tuyo, me asaltó la duda, me refrenó mi mente, me agitó tu perfume y, por fin, me asustó la maldita prudencia. Preferí pensar que era físicamente imposible que fueras tú, en aquella misma ciudad, en aquella calle del feo norte y a aquella hora extrañamente apacible. Opté por pensar que había algo de obsesión en mis percepciones y mucho de fantasía de escritor.

Cuando, poco después, cada uno enfilamos nuestra ruta, móvil en mano, me empecé a sentir realmente mal. Dejé a la razón vencedora sobre el corazón. No es esto lo que me he propuesto. Y he perdido este asalto. ¿Habrá más?

He de mejorar. Tengo que estar preparado. Los universos paralelos son una putada, y aún más cuando sin darte cuenta se cruzan y no estás listo para afrontarlo…